Uno de los aspectos más perturbadores de la muerte cerebral y de la “cosecha” de órganos ha sido suscitado por las dos antropólogas que más han investigado la cuestión, Margaret Lock y Lesley Sharp. Se anestesian los cuerpos de los que se extraen órganos y que han sido declarados muertos, al menos durante la primera fase de la extracción. O sea, que, según la fórmula de Sharp, se llega a “anestesiar a los cadáveres”, lo cual parece algo paradójico y llena de dudas a los donantes potenciales o a sus familias, y es la razón por la cual son confusas las respuestas que dan en general los médicos a los que se les ha planteado este asunto.
Margaret Lock da cuenta de numerosos testimonios de cirujanos que parecen sacados de películas de terror. Uno de los cirujanos de trasplantes de riñón estadounidense declara: “Recuerdo una vez, bueno ya sabe usted que esos pacientes tienen un aspecto estupendo, de color rosa y todo eso, que estábamos haciendo una extracción y de repente sentí el brazo del tipo que me tocaba por detrás; era evidentemente una especie de reflejo neurológico, pero fue un momento verdaderamenteescalofriante”. Otro cirujano de trasplantes de hígado, canadiense este, explicaba: “En algunos sitios no se pone anestesia al donante. Nosotros lo hacemos, pero cuando va usted a un centro para extraer un hígado y no han anestesiado al paciente, de repente alguien grita “¡Eh, que este ha movido la pierna!, y es que cuando estamos cerca de los ganglios celíacos el asunto llega a ser bastante delicado. Luego te acuerdas de estas cosas y eso te hace reconsiderarlo todo, pensar en esto y aquello…”. Como observa también la antropóloga Sharp, con el fin de evitar este tipo de actos reflejos inquietantes para todos los equipos de extracción, se aconseja anestesiar a los cadáveres, “por un lado para relajar el cuerpo atenuando los reflejos remanentes de la médula espinal” y también “para tranquilizar al personal quirúrgico y evitar que se preocupen por el posible dolor sentido por el paciente”.
En Inglaterra tuvo lugar todo un debate sobre estas cuestiones, primero en la comunidad de los anestesistas, que son los que están más cerca de estas prácticas y se muestran muy favorables a la idea de anestesiar a los pacientes que no están muertos en el sentido clásico del término; la anestesia es necesaria por precaución en estos casos para evitar eventuales dolores. Pero, según las palabras de dos de ellos, chocan con el “lobby del trasplante”: “El problema con el lobby del trasplante es que si aplicas una anestesia al donante, el hecho se percibirá como un problema, ya que habrá que comunicar a los allegados que no está muerto sino en coma irreversible”. A diferencia de las asociaciones militantes a favor de la donación de órganos, que no han puesto jamás los pies en un quirófano, los que tienen una experiencia íntima de la realidad de la “extracción”, de la “recuperación” o de la “cosecha” de órganos se enfrentan al carácter desconocido e indecible de las muertes de los donantes. Y eso los lleva a plantearse la eventualidad de un dolor físico y también a la cuestión del momento en que se puede fijar la muerte última del paciente. “Las acciones de los que están específicamente a cargo de la gestión quirúrgica de la extracción de órganos se ven presionadas por una especie de “¿y si…?, de tal manera que administren anestesia como medio de disipar las dudas persistentes y preservar la dignidad de los pacientes cuyos cuerpos contienen las partes codiciadas por los cirujanos de trasplantes”.
En ese mismo sentido conviene señalar las cifras turbadoras que aporta Lock relativas al número de miembros de esos equipos de trasplantes que tienen una tarjeta de donantes de órganos. De los treinta y dos médicos de UCI a los que entrevistó, solo seis están en posesión de una tarjeta de donante o han dado instrucciones previas de cualquier otra manera, y uno de ellos no está seguro de haberlo hecho. “Ante mi insistencia para saber los motivos de la actitud de los no donantes, ninguno me dio una respuesta muy convincente”. Sin comentarios…
(J. F Braunstein. La filosofía se ha vuelto loca. Editorial Ariel. Barcelona. 2022)