Uno de los razonamientos bioéticos más famosos, y tal vez el más paradigmático, es de la “lotería de la supervivencia”. Hizo famoso a su autor, John Harris, que estudió en Oxford al mismo tiempo que Peter Singer. Profesor de bioética en la Universidad de Manchester y miembro de la Academia de Ciencias Médicas del Reino Unido, se convirtió en un verdadero emprendedorde la bioética. A la manera de Singer, presume en su página web de ser “uno de los tres bioéticos que más cuentan” en el mundo y una de las cincuenta personalidades inglesas más influyentes.
Y todo eso gracias a un artículo de 1975, mencionado con muchísima frecuencia y titulado “La lotería de la supervivencia”. En él Harris propone un experimento mental efectivamente genial por su simplicidad y aún más por su carácter bárbaro. Para empezar, da por supuesto que los trasplantes de órganos están totalmente a la orden del día.
La situación es esta: un médico se encuentra ante dos enfermos, Y y Z, a punto de morir porque a uno le hace falta un corazón y al otro unos pulmones. No hay órganos disponibles. En lugar de lamentarse de su suerte, Y y Z le explican al médico que para salvarlos “solo haría falta matar a una persona sana” que llamaremos A, “y extraerle los órganos en cuestión para salvarlos a ellos dos”. Si el médico no hace lo que le dicen, deja morir a Y y a Z, o sea, los mata, para ellos no existe diferencia entre matar y dejar morir puesto que la consecuencia es la misma. No es más grave matar a A para extraerle los órganos, que dejar morir a Y y a Z por falta de órganos. Al contrario, se salvan dos vidas o más, pues se pueden extraer más órganos al precio de una sola vida, y así, desde el punto de vista utilitarista, el resultado de la operación es moral, ya que aumenta la cantidad de vidas preservadas, “maximiza las vidas”. Este argumento sería enteramente racional e irrefutable.
A fin de enriquecer su experimento mental, Harris propone a punto después toda una serie de condiciones. Para evitar que los donantes sean elegidos arbitrariamente por los médicos, convendría que el Estado organizara una lotería. Cada ciudadano jugaría a un número y se acabaría con aquel que resultara “afortunado”. Para evitar una situación de excesivo estrés se trataría a los “agraciados por la suerte” como héroes; no se diría que se los ha sacrificado sino que “han dado su vida por los demás”.
Harris se dedica después a refutar todos y cada uno de los argumentos que según él podrían plantearse en contra de esta lotería. A aquellos que propusieran que se le dé el corazón de Y a Z o los pulmones de Z a Y y no se sacrifique a A, lo cual tendría como efecto el ahorro de dos vidas, él responde que sería injusto porque eso convertiría a los enfermos en una categoría especial en el seno de la sociedad. Para evitar que se preserve únicamente a los viejos en detrimento de los más jóvenes, que serían sacrificados por sus órganos, el ordenador podría concebir un programa al objeto de preservar la pirámide de edad. En cuanto a los que son responsables de su estado de salud, alcohólicos y fumadores, esos quedarían excluidos de los beneficios del trasplante. Este sistema, lejos de aportar la inseguridad inherente a la posibilidad de que te toque, aseguraría por el contrario una mayor esperanza de vida ya que gracias a él escaparía de la muerte más gente de la que sería sacrificada por la lotería. Y así sucesivamente.
No se trata de intentar refutar este argumento de Harris. La historia es tan absurda que cabría preguntarse si el autor habla en serio. Por desgracia parece que sí. Claramente podrían encontrarse un buen número de objeciones, la más evidente de las cuales es que hay una gran diferencia entre emprenderla sin razón con alguien que goza de buena salud y dejar morir de su enfermedad a otro por falta de tratamiento disponible. Los muy quejumbrosos Y y Z se muestran bien agresivos respecto a A, que no les ha hecho nada, y lo mejor que podríamos desear es que la enfermedad se lleve por delante cuanto antes aesos dos cascarrabias sin escrúpulos. No conseguir curar, “dejar morir”, como dice Harris, no es obviamente lo mismo que matar, la enfermedad no se puede comparar conel crimen. Lo que Harris no entiende, tal y como señala muy bien la filósofa Anne Maclean, es que matar a alguien que goza de buena salud es “pura y simplemente un asesinato”. En este punto están de acuerdo el lenguaje corriente, la conciencia común y las leyes. Afirmar que matar a A no es un asesinato “sencillamente carece de sentido”.
Lo que resulta inquietante es que a fuerza de discutir hasta el infinito en torno a este argumento, las mentes empiecen a considerarlo como factible: ¿no habrá un fondo de verdad en la argumentación de Harris? Igualmente, preguntarse cosas sobre la legitimidad del infanticidio acaba por corroer ese tabú esencial de nuestra sociedad civilizada. Y lo que es peor aún: podemos afirmar queeste tipo de cálculo no está lejos de llevarse a la práctica. El hecho deque Harris sea un experto reconocido por las instituciones europeas no augura nada bueno. Esos seres vivos como A, a los que se suprime para extraer sus órganos ¿no son acaso ya los “moribundos” a los que se mete prisa para que mueran y puedan así “donar vida”, actuando de suerte que sus órganos se obtengan lo más deprisa posible? La pregunta incómoda que nos podemos hacer es si el argumento de Harris no se ha convertido ya, más que en un experimento mental, en un ideal para esos utopistas neohigienistas, dando como resultado que todas las vidas son evaluadas por autoproclamados expertos, y las que se consideran de peor calidad se sacrifican en provecho de las de más calidad. Harris explica con mucha más nitidez después- y aquí ya no se trata de experimentos mentales- que los órganos de los muertos deben ser nacionalizados: “Los órganos de cadáveres deberían estar automáticamente disponibles” y “deberíamos suprimir de una vez por todas la costumbre de pedir el consentimiento del difunto o de sus allegados”.
(J. F Braunstein. La filosofía se ha vuelto loca. Editorial Ariel. Barcelona. 2022)